Vigo, 30 de octubre de 1852
Mi estimadisimo Pedro:
Comparto tu alegría, ¿y como no?, de seguir en este mundo. Y creo que no hará falta que aclare, querido amigo, que cualesquiera que sean tus penas y vicisitudes son también las mías.
No hace falta agradecimiento alguno, los presentes que os he enviado son solo un pálido reflejo, una mera sombra, de lo que verdaderamente os merecéis por llevar tan enconada y desigual lucha contra esas portentosas fuerzas del malo.
En primera, estimado Pedro, la guerra cambia a los hombres. Participar en la muerte como si uno fuera un demonio para quien en realidad debería ser un hermano, rompe el interior de los hombres tal como y si se tratara de un jarrón de porcelana que cayendo por unas escaleras, se rompiera en tantos pedazos que ni toda la maña de los artífices orientales pudiera ya volver a reunir en una sola pieza, aun utilizando plata u oro, acompañados de sus cánticos restauradores.
Tal el caso de nuestro común amigo, porque verdaderamente considero a Juan un amigo mas querido que un hermano, me consta que estaría a tu lado en cualquier tiempo de angustias, y ello vale para mi muy mucho. Juan es un hombre que la guerra a quebrado, empero existe para el cierta ayuda, que solo él puede aplicar y hacer válida. Pero dejemos esta digresión. A lo nuestro, Juan le pregunta
¿Qué límite oscuro había traspasado el hombre para mandar al muere a niños de diez años? Verdaderamente, los generales o comandantes o caudillos, o como quiera que se llamen los malditos que mandan a niños a una batalla, ciertamente han transpuesto todo limite, por ello, contra tales hombres, además de contra los otros demonios, tengo una lucha personal. Y no espero que se rediman. No creo que ello sea posible. Solo hay para estos un remedio.
Y después Juan te pregunta “¿Dios se hartó de nosotros, frailecito? De verdad nos ha dejado a la deriva con nuestra maldad a cuestas.” Respecto de esto, Dios no nos abandona, sino que somos nosotros quienes lo dejamos primero. Esta escrito: “acérquense a Dios y el se acercará a ustedes” y también “Dios esta cerca de nosotros, para que aun lo que lo buscan a tientas puedan hallarlo”. Pero, depende enormemente de nosotros. Tenemos esta voluntad que algunos llaman libre albedrío, y nuestro hacedor respeta nuestras decisiones, eso si, debemos cargar con nuestra responsabilidad. También dicen las escrituras “¡Cuidado!, de Dios nadie puede burlarse”.
Cuanta muerte insensata, cuanta estupidez fratricida. Tu, querido amigo lo entiendes claramente, tu propia vocación lo señala, ya que no reclamaste para ti el retiro monacal, ni ese otro retiro del mundo, el sacerdocio, sino que como fraile velas por el bienestar de tutti i tuoi fratelli, todos tus hermanos. Ciertamente, habría que ayudar a Juan a razonar que él mismo, como tu, como tantos otros son los soldados que Dios nos ha dado para detener la acometida infernal, de generales y de otros monstruos que no soportan la visión de nada de lo que es bueno, inocente y puro.
No pretendo, ni puedo en realidad, dar cuenta de cada uno, de cada por menor que me relatas. Pero ¡Cuidado! Hay muchos magos de feria, muchos médium, magos, faquires, etc, etc que utilizando ciencia, máquinas, rapidez de manos, secuaces, supercherías y valiéndose de la credulidad o la superstición ocasionan portentos presagiosos. No los creas. Dile a Juan que no las crea. Ya bastante con los verdaderos y muy peligrosos enemigos que tenemos.
Respecto de la experiencia de Juan “Un conde de Tolosa fue muerto por esta hoja”.
Conozco la historia de esa daga en profundidad y de primera mano. Ciertamente un conde de Tolosa fue muerto por esta hoja, pero ello es solo una parte de la verdad. Ahora te referiré la historia completa para que puedas compartirla con nuestro buen Juan.
Hacia fines del mil docientos Felipa de Lomagne bisnieta de Constanza de Tolosa e hija de Raimundo VI intentó, sin éxito, reclamar la herencia del condado. De este linaje es el Conde de Tolosa respecto del cual nos refiere nuestro estimado Juan haber tenido una visión, y este luctuoso asunto ocurrió quinientos años después, del fallido reclamo de Doña Felipa. Pero basta ya de dilaciones, y vayamos a lo nuestro. Corría el año 179.., por mi parte contaba con apenas poco mas que veinte años y estaba fatalmente enamorado de la condesa de R….. quien, estaba yo convencido entonces, me correspondía pese a estar prometida a cierto gentil hombre, un noble en el exilio, que sin ostentar realmente el título era reconocido ampliamente por la sociedad toda como un heredero injustamente despojado por los franceses ¿Debo aclararte amigo mio?, que en estas lides galantes, dificilmente gane el mas hábil, o el mas noble o el mas valiente, sino aquel a quien acompaña el viento venturoso del amor, que ora se place en soplar aquí, que ora se digna en hacerlo mas allá. Nuestras familias, bien sabe usted mi estimado que no tengo titulo nobiliario alguno, por tener yo otros hermanos mayores a quienes no disputaría tales prebendas u honores, aun si me fuera la vida en ello. Decía que nuestras familias eran muy cercanas y presencié como, siendo yo mismo un niño, esta dama florecía como una rosa al llegar a la edad en que las niñas se transforman en doncellas. Anonadado vi como día tras día el rostro infantil cedía paso a la femenil belleza, así como un tierno pimpollo muta en flor fragante de pétalos tersos que invitan a la admiración y a la exaltación de los sentidos. Y en tales circunstancias, fue cuando este advenedizo, este supuesto conde de Tolosa pretendía arrancar de lo que consideraba nuestro jardín este ejemplar único. Cual no fue mi indignación. Baste decir que tomé clases de esgrima diariamente con maestros Italianos y Franceses, practiqué durante horas cada día mientras pasaban los meses y se acercaba la infame fecha de la boda. Me encontraba listo para defender la pureza de mi amor al costo que sea. Un mes antes de la antedicha boda, quien creía entonces mi amada, me dijo que se sabía la mas afortunada de todas las doncellas de V.... por tener en mi tan buen amigo y, agrego ruborizada, en poder instituir en confidente, a quien siempre había considerado un hermano pequeño, y ahora veía convertido en hombre. Me confesó, extasiada, que estaba perdidamente enamorada del conde de Tolosa. Amigo, te aseguro que soporté el golpe, esa estocada fatal que me diera mi dueña con ese puñal de seda, solo porque al partirme el corazón en el pecho, ya no pude sentir nada. Pero, también te confieso que, al quedarme solo en mis aposentos lloré amargamente durante toda la noche. Los días siguientes los pasé como una sombra; así debe ser la no vida de los fantasmas, tan ajenos al mundo que el mundo les es ajeno a ellos, y pasan por al lado de los vivos sin importarles nada sus cosas cotidianas. No es una novedad para ti, que Rhodes Arkoudas fue mi último y mas diestro maestro de esgrima. Fue precisamente en esa época, cuando no teniendo ya maestros que pudieran enseñarme algo mas, tomé lecciones con él. También frecuentaba a este maestro en el arte de la espada, mi rival en el amor, nuestro conde. Tanto Arkoudas como él pertenecían a una facción, en la que participaban integrantes de diversos países, con el objetivo de luchar contra fuerzas de la obscuridad. Tanto le había referido de mi humilde persona mi amor frustrado la condesa de R…., a quien hoy era su marido, que éste convenció a Arkoudas para que me ofreciera una membresía en ese extraño club.
Pasado el tiempo y después de pequeñas escaramuzas, tuve mi bautismo de fuego. Fue en medio de un combate en la ciudad de Génova donde habíamos acorralado a una gavilla de asesinos y nigromantes. Participamos los tres, con el apoyo de agentes locales, todos diestros luchadores. Después de los primeros disparos con pistolas cantaron las espadas. Tanto un servidor como Arkoudas usamos esos sables de caballería tan caros a los Turcos, que llaman shamsir, “curvo como la garra del león”, mientras el conde y los otros hombres, en un estilo mas occidental luchaba con una espada recta en una mano y una daga en la otra. En la confusión del combate quedé aislado frente a tres atacantes. Mi posición era imposible, como sabes, casi nadie puede batirse contra tres enemigos a la vez y prevalecer. El conde acudió a mi rescate, de no hacerlo hubiera muerto esa misma noche, amigo mio. Los enemigos, en un momento, retrocedieron y fue ese paso atrás del enemigo su principio del fin.
Al terminar el combate el conde felicitó mi resolución y, de forma tan gentil y gallarda que no admitía desaire alguno, me obsequió su preciada daga. La daga toledana en cuestión. Por mi parte no salía de mi asombro, traté de renunciar a ella argumentando que no podía privar al conde de tal fabulosa arma, que además seguramente era un legado familiar. El me aseguró riendo que si era un legado, lo sería solo en el sentido que él me lo legaba a mi. Me explicó que el mismo la había mandado a hacer, y que cuando volviera a ver al artífice y armero le encargaría una nueva. Pero que deseaba que yo conservara esta, y que tanto su filo como las palabras gravadas en su hoja me protegerían, siempre que el uso fuera noble.
Nos retiramos al puerto, donde nos esperaba el navío que nos llevaría nuevamente a V…. Parte de la gavilla que creíamos destruida nos atacó, nos defendimos y el torbellino del combate nos dispersó. Me vi frente a frente con un enemigo formidable, que con un golpe descendente hizo que soltara mi espada, solo la práctica y tal vez la desesperación, no exenta de una fuerte dosis de buena fortuna hicieron que hurtara el cuerpo de la acometida salvaje de mi contrincante, a la vez que extraía la daga toledana, el filo de ese acero es prodigioso, tiré a fondo y alcancé al otro por debajo del esternón, atravesé su coraza matándolo al instante. Recogí mi espada, Akudas se encontraba a mi siniestra, combatiendo como un diablo, al fin y asistiéndonos mutuamente aniquilamos a nuestros adversarios, corrimos en ayuda del conde que enfrentado a dos enemigos se batía fieramente, cuando vimos que su espada se partía a un palmo del guardamanos, con su espada rota resistió y sin embargo la daga que lo hubiera salvado estaba en mi poder. Si bien ultimamos a los atacantes, llegamos tarde, el conde murió por heridas que de seguro no hubieran ocurrido de tener su daga toledana. Así que es cierto que un conde toledano murió por esa daga. Pero fue por su generosidad, no por que ella lo matara. Esa daga salvó mi vida, cuando pudo haber salvado la de él. Ahora Juan es el custodio de esa daga. Quien había sido mi adversario y después fue mi hermano me obsequió ese acero a costa de su vida. Se que Juan, siempre lo supe, la usará con honor. Díselo.
Son muchas las cosas que pueden decirse de una situación que linda con fenómenos que no comprendemos o que comprendemos a medias. Baste como ejemplo la atolondrada sabiduría de los alquimistas que durante siglos hablaron en sus profusos libros de cosas que no supieron ver y atiborraron sus estanterías con in-folios tan codiciados como vanos. La vanidad ciega, querido Juan, cuídese del engaño, de pensar que un hombre mortal puede ser mas justo que Dios.
Fray Pedro mismo sabe, y lo ha dicho, que nuestro enemigo común, común a toda la humanidad y a Dios, es el padre de la mentira. Pero que es una mentira, sino una verdad pervertida. Una forma perversa de contar una historia, para ser una piedra de tropiezo para quien busca la verdad. Una falsedad colará mejor entre algunas verdades, e incluso se la podría ver como hermosa. Así como una paloma entre una parvada de cuervos. Nuestro enemigo engaña siempre mostrando el vaso medio vacío, siempre deslustrando lo que podemos obtener por el buen y recto camino, frente a los pretendidamente fabulosos resultados del camino fácil. El enemigo pasa la existencia exhibiendo espejos de colores, meras cuentas de vidrio coloreadas que se nos ofrecen, después de manipular nuestro deseo con una o dos gemas autenticas, gemas estas, que este enemigo se cuidara de dejar a nuestro alcance. La idea central es bien simple. Lo que hice y hago no es tan malo. Dirá. Son ustedes los hombres los que hartaron a Dios, y entonces Él me los dio. Cuando en realidad este enemigo sufre lo indecible cuando Juan o un homologo suyo se sacrifica por un semejante. O cuando defiende al indefenso, a la viuda o al huérfano.
Cada visión que no sea verdadera es un insulto a la razón humana en general y a la inteligencia de Juan en particular. La visiones verdaderas, siempre nos permitirán elegir el buen camino. Tenga presente Juan que como dijo aquel apóstol que se llamaba igual que usted: Dios es amor.
Ah Mimilo, pequeño y patizambo amigo. Mándale saludos a ese rapaz, amigo mío. Que no enviándole antes regalo alguno rectifico tamaño error. Esta robusta daga, que para él será una espada en toda regla, réplica de la que perteneció a un guardia de Corps alemán de la época del Emperador Honorio. La hoja tiene el aditamento de un proceso moderno de forja y revenido que la hace mas dura que la original, sin hacerla mas quebradiza.
Tomaré los recuerdos que me mandas, sangre de endriago incluida, como lo que son muestra de camaradería y cariño.
Te saluda tu siempre amigo, y haz extensivo, por favor, este saludo fraterno a Juan y a Mimilo.
Rafael Cunqueiro.
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