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sábado, 25 de abril de 2020

Re.: Epístola sobre el Diablo



Vigo, 30 de octubre de 1852




Mi estimadisimo Pedro:


Comparto tu alegría, ¿y como no?, de seguir en este mundo. Y creo que no hará falta que aclare, querido amigo, que cualesquiera que sean tus penas y vicisitudes son también las mías.
No hace falta agradecimiento alguno, los presentes que os he enviado son solo un pálido reflejo, una mera sombra, de lo que verdaderamente os merecéis por llevar tan enconada y desigual lucha contra esas portentosas fuerzas del malo.
En primera, estimado Pedro, la guerra cambia a los hombres. Participar en la muerte como si uno fuera un demonio para quien en realidad debería ser un hermano, rompe el interior de los hombres tal como y si se tratara de un jarrón de porcelana que cayendo por unas escaleras, se rompiera en tantos pedazos que ni toda la maña de los artífices orientales pudiera ya volver a reunir en una sola pieza, aun utilizando plata u oro, acompañados de sus cánticos restauradores.
Tal el caso de nuestro común amigo, porque verdaderamente considero a Juan un amigo mas querido que un hermano, me consta que estaría a tu lado en cualquier tiempo de angustias, y ello vale para mi muy mucho. Juan es un hombre que la guerra a quebrado, empero existe para el cierta ayuda, que solo él puede aplicar y hacer válida. Pero dejemos esta digresión. A lo nuestro, Juan le pregunta
¿Qué límite oscuro había traspasado el hombre para mandar al muere a niños de diez años? Verdaderamente, los generales o comandantes o caudillos, o como quiera que se llamen los malditos que mandan a niños a una batalla, ciertamente han transpuesto todo limite, por ello, contra tales hombres, además de contra los otros demonios, tengo una lucha personal. Y no espero que se rediman. No creo que ello sea posible. Solo hay para estos un remedio.
Y después Juan te pregunta “¿Dios se hartó de nosotros, frailecito? De verdad nos ha dejado a la deriva con nuestra maldad a cuestas.” Respecto de esto, Dios no nos abandona, sino que somos nosotros quienes lo dejamos primero. Esta escrito: “acérquense a Dios y el se acercará a ustedes” y también “Dios esta cerca de nosotros, para que aun lo que lo buscan a tientas puedan hallarlo”. Pero, depende enormemente de nosotros. Tenemos esta voluntad que algunos llaman libre albedrío, y nuestro hacedor respeta nuestras decisiones, eso si, debemos cargar con nuestra responsabilidad. También dicen las escrituras “¡Cuidado!, de Dios nadie puede burlarse”. 
Cuanta muerte insensata, cuanta estupidez fratricida. Tu, querido amigo lo entiendes claramente, tu propia vocación lo señala, ya que no reclamaste para ti el retiro monacal, ni ese otro retiro del mundo, el sacerdocio, sino que como fraile velas por el bienestar de tutti i tuoi fratelli, todos tus hermanos. Ciertamente, habría que ayudar a Juan a razonar que él mismo, como tu, como tantos otros son los soldados que Dios nos ha dado para detener la acometida infernal, de generales y de otros monstruos que no soportan la visión de nada de lo que es bueno, inocente y puro.
No pretendo, ni puedo en realidad, dar cuenta de cada uno, de cada por menor que me relatas. Pero ¡Cuidado! Hay muchos magos de feria, muchos médium, magos, faquires, etc, etc que utilizando ciencia, máquinas, rapidez de manos, secuaces, supercherías y valiéndose de la credulidad o la superstición ocasionan portentos presagiosos. No los creas. Dile a Juan que no las crea. Ya bastante con los verdaderos y muy peligrosos enemigos que tenemos.
Respecto de la experiencia de Juan “Un conde de Tolosa fue muerto por esta hoja”.
Conozco la historia de esa daga en profundidad y de primera mano. Ciertamente un conde de Tolosa fue muerto por esta hoja, pero ello es solo una parte de la verdad. Ahora te referiré la historia completa para que puedas compartirla con nuestro buen Juan. 
Hacia fines del mil docientos Felipa de Lomagne bisnieta de Constanza de Tolosa e hija de Raimundo VI intentó, sin éxito, reclamar la herencia del condado. De este linaje es el Conde de Tolosa respecto del cual nos refiere nuestro estimado Juan haber tenido una visión, y este luctuoso asunto ocurrió quinientos años después, del fallido reclamo de Doña Felipa. Pero basta ya de dilaciones, y vayamos a lo nuestro. Corría el año 179.., por mi parte contaba con apenas poco mas que veinte años y estaba fatalmente enamorado de la condesa de R….. quien, estaba yo convencido entonces, me correspondía pese a estar prometida a cierto gentil hombre, un noble en el exilio, que sin ostentar realmente el título era reconocido ampliamente por la sociedad toda como un heredero injustamente despojado por los franceses ¿Debo aclararte amigo mio?, que en estas lides galantes, dificilmente gane el mas hábil, o el mas noble o el mas valiente, sino aquel a quien acompaña el viento venturoso del amor, que ora se place en soplar aquí, que ora se digna en hacerlo mas allá. Nuestras familias, bien sabe usted mi estimado que no tengo titulo nobiliario alguno, por tener yo otros hermanos mayores a quienes no disputaría tales prebendas u honores, aun si me fuera la vida en ello. Decía que nuestras familias eran muy cercanas y presencié como, siendo yo mismo un niño, esta dama florecía como una rosa al llegar a la edad en que las niñas se transforman en doncellas. Anonadado vi como día tras día el rostro infantil cedía paso a la femenil belleza, así como un tierno pimpollo muta en flor fragante de pétalos tersos que invitan a la admiración y a la exaltación de los sentidos. Y en tales circunstancias, fue cuando este advenedizo, este supuesto conde de Tolosa pretendía arrancar de lo que consideraba nuestro jardín este ejemplar único. Cual no fue mi indignación. Baste decir que tomé clases de esgrima diariamente con maestros Italianos y Franceses, practiqué durante horas cada día mientras pasaban los meses y se acercaba la infame fecha de la boda. Me encontraba listo para defender la pureza de mi amor al costo que sea. Un mes antes de la antedicha boda, quien creía entonces mi amada, me dijo que se sabía la mas afortunada de todas las doncellas de V.... por tener en mi tan buen amigo y, agrego ruborizada, en poder instituir en confidente, a quien siempre había considerado un hermano pequeño, y ahora veía convertido en hombre. Me confesó, extasiada, que estaba perdidamente enamorada del conde de Tolosa. Amigo, te aseguro que soporté el golpe, esa estocada fatal que me diera mi dueña con ese puñal de seda, solo porque al partirme el corazón en el pecho, ya no pude sentir nada. Pero, también te confieso que, al quedarme solo en mis aposentos lloré amargamente durante toda la noche. Los días siguientes los pasé como una sombra; así debe ser la no vida de los fantasmas, tan ajenos al mundo que el mundo les es ajeno a ellos, y pasan por al lado de los vivos sin importarles nada sus cosas cotidianas. No es una novedad para ti, que Rhodes Arkoudas fue mi último y mas diestro maestro de esgrima. Fue precisamente en esa época, cuando no teniendo ya maestros que pudieran enseñarme algo mas, tomé lecciones con él. También frecuentaba a este maestro en el arte de la espada, mi rival en el amor, nuestro conde. Tanto Arkoudas como él pertenecían a una facción, en la que participaban integrantes de diversos países, con el objetivo de luchar contra fuerzas de la obscuridad. Tanto le había referido de mi humilde persona mi amor frustrado la condesa de R…., a quien hoy era su marido, que éste convenció a Arkoudas para que me ofreciera una membresía en ese extraño club. 
Pasado el tiempo y después de pequeñas escaramuzas, tuve mi bautismo de fuego. Fue en medio de un combate en la ciudad de Génova donde habíamos acorralado a una gavilla de asesinos y nigromantes. Participamos los tres, con el apoyo de agentes locales, todos diestros luchadores. Después de los primeros disparos con pistolas cantaron las espadas. Tanto un servidor como Arkoudas usamos esos sables de caballería tan caros a los Turcos, que llaman shamsir, “curvo como la garra del león”, mientras el conde y los otros hombres, en un estilo mas occidental luchaba con una espada recta en una mano y una daga en la otra. En la confusión del combate quedé aislado frente a tres atacantes. Mi posición era imposible, como sabes, casi nadie puede batirse contra tres enemigos a la vez y prevalecer. El conde acudió a mi rescate, de no hacerlo hubiera muerto esa misma noche, amigo mio. Los enemigos, en un momento, retrocedieron y fue ese paso atrás del enemigo su principio del fin. 
Al terminar el combate el conde felicitó mi resolución y, de forma tan gentil y gallarda que no admitía desaire alguno, me obsequió su preciada daga. La daga toledana en cuestión. Por mi parte no salía de mi asombro, traté de renunciar a ella argumentando que no podía privar al conde de tal fabulosa arma, que además seguramente era un legado familiar. El me aseguró riendo que si era un legado, lo sería solo en el sentido que él me lo legaba a mi. Me explicó que el mismo la había mandado a hacer, y que cuando volviera a ver al artífice y armero le encargaría una nueva. Pero que deseaba que yo conservara esta, y que tanto su filo como las palabras gravadas en su hoja me protegerían, siempre que el uso fuera noble.
Nos retiramos al puerto, donde nos esperaba el navío que nos llevaría nuevamente a V…. Parte de la gavilla que creíamos destruida nos atacó, nos defendimos y el torbellino del combate nos dispersó. Me vi frente a frente con un enemigo formidable, que con un golpe descendente hizo que soltara mi espada, solo la práctica y tal vez la desesperación, no exenta de una fuerte dosis de buena fortuna hicieron que hurtara el cuerpo de la acometida salvaje de mi contrincante, a la vez que extraía la daga toledana, el filo de ese acero es prodigioso, tiré a fondo y alcancé al otro por debajo del esternón, atravesé su coraza matándolo al instante. Recogí mi espada, Akudas se encontraba a mi siniestra, combatiendo como un diablo, al fin y asistiéndonos mutuamente aniquilamos a nuestros adversarios, corrimos en ayuda del conde que enfrentado a dos enemigos se batía fieramente, cuando vimos que su espada se partía a un palmo del guardamanos, con su espada rota resistió y sin embargo la daga que lo hubiera salvado estaba en mi poder. Si bien ultimamos a los atacantes, llegamos tarde, el conde murió por heridas que de seguro no hubieran ocurrido de tener su daga toledana. Así que es cierto que un conde toledano murió por esa daga. Pero fue por su generosidad, no por que ella lo matara. Esa daga salvó mi vida, cuando pudo haber salvado la de él. Ahora Juan es el custodio de esa daga. Quien había sido mi adversario y después fue mi hermano me obsequió ese acero a costa de su vida. Se que Juan, siempre lo supe, la usará con honor. Díselo. 
Son muchas las cosas que pueden decirse de una situación que linda con fenómenos que no comprendemos o que comprendemos a medias. Baste como ejemplo la atolondrada sabiduría de los alquimistas que durante siglos hablaron en sus profusos libros de cosas que no supieron ver y atiborraron sus estanterías con in-folios tan codiciados como vanos. La vanidad ciega, querido Juan, cuídese del engaño, de pensar que un hombre mortal puede ser mas justo que Dios. 
Fray Pedro mismo sabe, y lo ha dicho, que nuestro enemigo común, común a toda la humanidad y a Dios, es el padre de la mentira. Pero que es una mentira, sino una verdad pervertida. Una forma perversa de contar una historia, para ser una piedra de tropiezo para quien busca la verdad. Una falsedad colará mejor entre algunas verdades, e incluso se la podría ver como hermosa. Así como una paloma entre una parvada de cuervos. Nuestro enemigo engaña siempre mostrando el vaso medio vacío, siempre deslustrando lo que podemos obtener por el buen y recto camino, frente a los pretendidamente fabulosos resultados del camino fácil. El enemigo pasa la existencia exhibiendo espejos de colores, meras cuentas de vidrio coloreadas que se nos ofrecen, después de manipular nuestro deseo con una o dos gemas autenticas, gemas estas, que este enemigo se cuidara de dejar a nuestro alcance. La idea central es bien simple. Lo que hice y hago no es tan malo. Dirá. Son ustedes los hombres los que hartaron a Dios, y entonces Él me los dio. Cuando en realidad este enemigo sufre lo indecible cuando Juan o un homologo suyo se sacrifica por un semejante. O cuando defiende al indefenso, a la viuda o al huérfano. 
Cada visión que no sea verdadera es un insulto a la razón humana en general y a la inteligencia de Juan en particular. La visiones verdaderas, siempre nos permitirán elegir el buen camino. Tenga presente Juan que como dijo aquel apóstol que se llamaba igual que usted: Dios es amor.
Ah Mimilo, pequeño y patizambo amigo. Mándale saludos a ese rapaz, amigo mío. Que no enviándole antes regalo alguno rectifico tamaño error. Esta robusta daga, que para él será una espada en toda regla, réplica de la que perteneció a un guardia de Corps alemán de la época del Emperador Honorio. La hoja tiene el aditamento de un proceso moderno de forja y revenido que la hace mas dura que la original, sin hacerla mas quebradiza.
Tomaré los recuerdos que me mandas, sangre de endriago incluida, como lo que son muestra de camaradería y cariño. 
Te saluda tu siempre amigo, y haz extensivo, por favor, este saludo fraterno a Juan y a Mimilo.

Rafael Cunqueiro.


Cartas (1)




Vigo, viernes 20 de agosto de 1852.

Mi muy estimado amigo ¡Saludos!

Espero que tanto tu como Juan estéis bien, a pesar de los luctuosos acontecimientos que se estaban desarrollando al momento de nuestra partida.
Tardamos en llegar a Vigo algo mas de cuarenta días. Recién te escribo ahora, puesto que tarde algún tiempo en reunir estas cosas que quería enviarte con esta misiva.
Junto con la presente, te envío los planos y método de construcción de la lámpara de arco. Efectivamente llevabas razón al pensar que nuestro “común amigo”, tenía en sus archivos todo el detalle técnico necesario, para que vosotros podáis valeros de esta lux magnificat en aquellos los túneles de sombras espesas.
Naturalmente, te envío los libros que me pediste, esperando que ello no suponga mayores reprimendas de vuestra orden. Guárdalos bien, querido amigo.
No como pago, sino como un humilde reconocimiento por vuestra hospitalidad. Te envío a ti, para el solaz que estoy seguro que significara usarla, una Offiziersmesser, que espero te deslumbre por su versatilidad y simpleza. Y para Juan, una daga hecha en Toledo, con unos hermosos gravados y de recia hoja de dos palmos.
Me despido por ahora deseando que mis pensamiento os acompañen por siempre. Envíale mis saludos a Juan.

Tu fiel amigo.

Rafael Cunqueiro.

miércoles, 15 de abril de 2020

Epístola sobre el Diablo


Sta. Ma. de los Buenos Aires, 22 de Septiembre de 1852 


Mi muy querido Don Rafael.

¡Qué felicidad haber recibido su letra! En primer lugar porque su trazo, firme y elegante, me confirma que sigue vivo a pesar de penas y vicisitudes; luego, porque lo necesito como nunca para que me asista en una cuestión que de veras me preocupa. Pero antes de pasar a ello, no quisiera pecar de desatento y olvidar agradecer sus gentilezas para con este humilde grupo de amigos. ¡Generoso corazón el suyo que envía sobre las aguas del más desaprensivo de los océanos unos regalos dignos de un Rey Mago! Verdaderamente, voy a darle un uso implacable a su Offiziersmesser. Muchas pequeñas disecciones requieren un instrumento adecuado para llevarlas a buen término; acaba de proporcionármelo, buen amigo. Sus muchos filos pedirán clemencia a mis manos en ese mudo lenguaje de los objetos. Los “dos palmos” de acero toledano obsequiados a don Juan me han enamorado, con sus bellos signos labrados que alguna virtud protectora tendrán. No puedo darle ni una pálida idea de la emoción que han suscitado en nuestro común amigo. Imagino que testará su voluntad de llevársela al otro mundo cuando le llegue la hora. ¡Y qué decir de su lux magnificat! Nos ayudará muy mucho en nuestra lucha contra la Oscuridad. Apreciamos su preocupación por nosotros, preocupación que no olvidaremos y esperamos retribuir pronto. Permítame apelar ahora, admirado maestro, a su reconocida erudición. Me mueve el propósito de devolver al cauce de su rutina la vida de este lado del mar. Las cosas se han complicado… Pero voy al grano. Se trata de nuestro querido Juan. Vengo a enterarme hace nada (los dos conocemos su reserva, su invencible parquedad a la hora de hablar de sí mismo) de que es aquejado por “extrañas visiones”. Después de mucho tiempo, ha decidido hablarme de ellas y me temo que es grave el asunto. Comenzaron hace medio año, “exactamente después de Caseros”. Ya sabe usted que esa batalla, que pintaba para Apocalipsis, se resolvió en unas pocas horas. Por la cantidad de hombres implicados y lo que se jugaba en ella (ni más ni menos que el rumbo político de este mareado país), imaginábamos un combate homérico. Nada de eso. Fue menos una batalla que una serie de movimientos de estrategia básica en unos mapas manoseados. Sin embargo, hubo “hoyos de muerte” (la expresión es de don Juan), es decir, espacios exiguos donde se concentraba un alucinante número de cadáveres. En uno de esos mataderos, por los que no se podía andar sin dejar de pisar cuerpos, vio cientos de pájaros cebándose en los muertos. Chillaban y se peleaban por las mejores viandas, sobre todo las palomas, que superaban diez a uno a los caranchos carroñeros y venían de un gigantesco palomar que la descripción del sereno me hizo ver como un mausoleo romano grabado por Piranesi en el aire de la tarde. Cerca de nuestro amigo, que lloraba a lágrima suelta, había un chico desnudo, boca abajo, con un pájaro en la espalda que aleteaba con lentitud para conservar el equilibro cada vez que cambiaba de posición para seguir hundiendo el pico en el lomo lonjeado. Me dijo que así, “alado por las circunstancias”, parecía un ángel agonizante. Avergonzado, le calculó unos diez años. ¡Diez años y muerto en combate! ¿Qué límite oscuro había traspasado el hombre para mandar al muere a niños de diez años? “¿Dios se hartó de nosotros, frailecito? De verdad nos ha dejado a la deriva con nuestra maldad a cuestas.” No supe qué responder. Pero recordé que mi padre había dicho algo parecido. En el 29 sobrevivió a La Tablada, que sí fue un combate homérico. Miles de muertos quedaron en las serranías cordobesas. Muchos años después, ante el desastre de la guerra civil, me dijo (se dijo) lagrimeando: “Dios está cansado”. Imagino que se refería al fastidioso cansancio que sentirá el Señor frente a la estupidez humana, ilimitada y cruel. (Dicen que aún hoy, tantos lustros después, de los campos cordobeses se eleva por la noche un vapor de sangre. Tan tibia está La Tablada en la memoria de los hombres y del paisaje…) Digresión extensa pero necesaria, don Rafael, para intentar explicarle lo que viene sucediendo con el buen Juan. Porque ese cuadro intolerable, ese aparente no hacer nada por parte de Dios, vulneró a nuestro amigo en su razón y, lo que es peor, en su moral, sumido como está en un laberinto de especulaciones profanas inducidas, creo, por el mismísimo Diablo. Elijo una de esas “extrañas visiones”, de las primeras que comenzaron a acosarlo por entonces. Son muchas y ambiguas, pero esta es tal vez la que más me impresionó porque resulta un acabado ejemplo de cómo procede el Rey de las Mentiras en sus engaños. “El Infierno no es lo que dicen de él” me parece oírlo susurrar, pegando su boca al oído del pobre sereno. Se trata de una vívida pesadilla en la que discurre, vagabundo feliz, por un paisaje arcádico. Campos florecidos, arroyos cantarines, bosques al parecer nunca hollados por el hombre y demás lugares comunes virgilianos. Todo prístino, inviolado. Después de mucho andar ve, en una soleada colina, a un pintor frente a un caballete de campaña. Tras pensárselo un rato (se siente pleno lejos del contacto humano), decide acercarse. La curiosidad es mala consejera. El hombre aplica largas pinceladas a un paisaje que parece fluir bajo las cerdas de su pincel en infinitas tonalidades de rojo. Una luz de fuego se desprende del lienzo, al menos de la parte que alcanza a ver por sobre el hombro del pintor. Más allá del caballete, sin embargo, la tarde sigue apacible con sus verdes tiernos y el difuso celeste del cielo, delicadamente regado de un rosa claro por el inminente atardecer. Cuando saluda, el hombre se vuelve, entre nervioso y amable, y en su rostro percibe el ardor de incendio que parece emitir el cuadro. Sus cabellos están revueltos y húmedos; de su frente y mejillas caen gruesas gotas de sudor. Al apreciarla en su totalidad, a Juan le da la impresión de que la tela está pintada con fluctuante lava. Incluso percibe el calor sobrenatural que se desprende de ella desde el buen metro que los separa. “Perdone… ¿qué es lo que pinta?”, pregunta titubeante. El pintor, sorprendido, responde: “Pandemónium… el palacio de Satán en el Averno” Juan, cubriéndose el rostro con la mano para soportar el calor de llama, se acerca y logra ver, entre las incandescencias, una enorme construcción que atraviesa el cuadro horizontalmente con una fuga a la derecha que crea una ilusión de continuidad más allá del borde de la tela. Se trata de un palacio entre bárbaro y civilizado, con una planta inferior de columnas toscas e innumerables cavernas que parece formada por detritus volcánicos que acaban de enfriarse, mientras que las superiores se ven más o menos pulimentadas, con antorchas en las balaustradas y torres que se elevan hacia un cielo negro atravesado por relámpagos que amenazan con destruirlas apenas nacidas. Y frente a él, parado en un promontorio al pie del cual fluye un torrente de magma, una figura imponente (¿Satán?), un guerrero arropado en una capa de lava, con sus brazos, armados de lanza y escudo, alzados como los de un director de orquesta a cuyos gestos se estuviera formando el edificio. “La arquitectura es música congelada”, ha dicho Goethe. Lección suya, querido maestro. Pero sigo. Desconcertado, pregunta Juan: “¿Todo esto está ahí… delante?” El pintor lo mira consternado y, sin responder, vuelve a su febril creación. Juan decide ir hacia donde, sorprendentemente, se emplaza el palacio del Diablo. Anda con cuidado, temeroso al principio. Pero cuando se convence de que sus pies, en lugar de magma, avanzan entre caléndulas y tréboles, continúa, decidido. Después de una treintena de varas, se vuelve y ve al trastornado pintor en la colina enarbolando su largo pincel como si estuviera dirigiendo la música del inframundo, al son de la cual fraguara el palacio de fuego. Atravesando la hondonada y subiendo la colina opuesta, siempre bajo un cielo de Tiziano, alcanza el lugar en donde debería hallarse la morada infernal. Pero nada hay allí, salvo por unos trozos de mármol rosa hundidos en la hierba. Al mirar con atención, repara, con la lucidez que proporcionan los sueños, en que los trozos pertenecen a un tímpano que se ha roto al caer desde una gran altura y que hay letras talladas en ellos… Y como refrendando su hallazgo, al mirar el cielo atardecido por una repentina sensación de sombra sobre sí, ve que el celeste y el rosa se han confabulado para trazar el fantasma del palacio pintado por el afectado artista de la colina… ¿Qué es esta visión, don Rafael? ¿Con qué propósito se empeña el Diablo en perturbar al pobre Juan? ¿Es que considera ya al sereno un enemigo temible? Espero que me ayude a responder estas oscuras preguntas para sacar a nuestro amigo de tan difícil trance. 
En la misma línea elusiva, resumo unas cuantas imágenes más que acosan al sereno. Un campo sembrado de ángeles muertos. Satán llorando sobre cada cuerpo fulminado por Dios. Judas pendiendo de la higuera, títere de la maquinación divina. Un hermoso moro al galope aniquilado por un rayo en medio de la nada. Un ángel rebelde impíamente descoyuntado en el aire por una fuerza invisible. Dos niños, dos hermanos de apenas tres y cuatro años, arrebatados de la cubierta de un barco por un repentino vendaval y arrastrados sobre el mar como cometas sin control ante la atónita mirada de sus padres. Un sacerdote ultimando con una cruz recamada de piedras preciosas a una mujer pobre que ha robado el copón de oro del Oficio para dar de comer a su hijo… Y ante la tenaz reticencia de Juan a dejarse tentar, su furioso reverso, con el objeto, imagino, de amedrentarlo: La silueta del Mesías ardiendo en la Cruz ante una multitud que, como aquella del Monte Calvario, ríe, escupe, blasfema. La fugaz visión de mi muerte, ahogado en el Pozo de Conservación de mi laboratorio, arrastrado por los engendros muertos que guardo en él para su estudio. En una negrura de tinta, un mazorquero con el aspecto de un hombre desollado que emite un fulgor de fuego, arrastrando a una mujer encinta hasta perderse con ella en un recodo de la oscuridad… Podría seguir hasta aburrirlo, don Rafael, pero la memoria me escamotea lo demás. En cambio, para completar el cuadro clínico, puedo hablarle con entera seguridad, pues me parece estar presenciándolos en este mismo instante, del par de hechos de que he sido testigo, vinculados a su capacidad de precognición que, según dice, es cosa nueva en él. Una noche andábamos por unos parajes en los que no se veía ni la luz de una luciérnaga. En medio de nuestra marcha a tientas, pegó un grito brutal, se volvió y me abrazó como un amante a punto de ser abandonado. Más allá de su cuerpo, sentí la deflagración de la oscuridad, el lamido de una llama súbita que no llegó a tocarme. Al separarnos, cayó de rodillas y pude ver, a la tenue luminosidad que persistía sobre nosotros como un halo, que parte de su melena había desaparecido y que su poncho ignífugo estaba carbonizado por el lado de su espalda y humeaba profusamente. Otra vez, en medio de una reunión dada por una dama de la alta sociedad a la que debió asistir perentoriamente convocado por sus superiores, la cosa se puso fea durante la demostración dada por un cartomántico. Me había pedido que lo acompañara. Quiso la mala suerte que el adivino lo señalara a él para elegir una carta; ante su reserva primero (conjurada por un superior que lo obligó a ceder con un comentario casi ofensivo y un elocuente movimiento de su cabeza) y su indecisión después, todas las cartas dispuestas en arco sobre la mesa ardieron espontáneamente para asombro de los presentes. Volviendo a casa, el sereno me dijo que tuvo la visión del fantástico hecho un momento antes de que sucediera y que creía que su visión había provocado que las cartas ardieran. (En relación a esto, permítame que diga, ahora que no va a sonarle a broma, que al tocar el acero de la daga que le obsequiara, sus ojos se pusieron en blanco por un momento y dijo: “Un conde de Tolosa fue muerto por esta hoja”.) Temo por su vida. Lo noto parco como nunca, disperso, físicamente quebrado. Últimamente, en más de una oportunidad, he tenido que socorrerlo en combate, cosa inusitada. Me ronda la tentación de un exorcismo, pero los Padres de la Iglesia insisten en que los signos son de acoso, no de posesión. Insisto, temo por su vida. Y desde esta lejana tierra que parece dejada de la mano cansada de Dios, le ruego la ayuda que pueda proporcionarme por insignificante que le parezca. Su sabiduría puede ser decisiva en este nuevo trance, querido amigo. Ahora me despido, ansioso ya por recibir su respuesta, y lo abrazo sobre mi corazón. 


Fray Pedro Álvarez 


Post Scríptum. No lo alarmen, maestro, las feas manchas del papel. Sabe de mis descuidos en materia de formalidad y elegancia; alguna cariñosa reprimenda suya he recibido a causa de ellos. Pero ardía en la urgencia de escribirle, por lo que no me detuve en remilgos de salón: mi carta fue redactada a vuela pluma sobre la mesa de mis disecciones. Sin embargo, es esa misma mugre la que la hace objeto precioso, en particular para un coleccionista de rarezas como usted. La sangre que parece rezumar de ella, es de un endriago joven ultimado por Mimilo en un memorable combat au corps á corps que he tenido la dicha de presenciar…